Aceite de “El Molino”: esencia de nuestras almas

8 07 2012

Navegamos en un tiempo en que las olas de la humanidad a veces no nos son tan humanas como pudiéramos esperar. Desde la playa de nuestros días contemplamos cómo la marea sube y desciende, arrastrando tras de sí una miríada infinita de olas. Pero, ¿qué es una ola?

Una ola puede ser una masa impenetrable y que, cual bloque demoledor, arrasa todo cuanto se encuentra a su paso, todo aquello que ose hacerle frente. Pero también puede ser un enjambre de almas que, en su comodidad de dejarse arrastrar, de dejarse de llevar, de anestesiarse en los sentidos personales, permitan abandonarse individualmente en beneficio de aceptar como suyos las bondades e ideología de un colectivo de orden sospechosamente superior -al menos socialmente hablando, no tanto en lo espiritual-…

Y nosotros, navegantes valientes, decidimos sortear las olas como forma de ser fieles a nuestros principios, a nuestros valores; en suma, de ser fieles a nosotros mismos, a nuestro código de marinos. Nunca nos cansaremos de surcar las aguas, por mucha tempestad que arrecie… Pero las olas, por muy grandes que sean, no son capaces de irrumpir tierra adentro, allá en los confines de las montañas, entre los valles apretados por los surcos de la tierra. Allá es a donde nuestros corazones nos dirigen, hacia terrenos insondables, montañas inexpugnables y recodos de la tierra en los que aún el aliento de la humanidad no ha sido capaz de templar con su vaho blando y adormecedor. Nos dirigimos a tierras de pinos y olivos, cómplices silenciosos del devenir centenario de una vida que aquí no ha sabido de influencias externas. De una vida que es suya propia, incorruptible, original, genial.

Porque estamos en una tierra en que, aunque el calor se deje sentir como una llamarada sobre la nuca, o el frío se clave como un puñal de acero, ante todo es una tierra fértil de vida, que nos regala sus frutos. Y como frutos de la misma tierra que nos vio nacer, vamos al molino, aquel maravilloso artilugio donde tiene lugar la más asombrosa alquimia de la naturaleza: donde el fruto tostado al Sol, cuarteado ante el viento, enfrentado a los elementos, ha sabido madurar pacientemente, esperando su tiempo, mientras recogía de su alrededor todo lo mejor, y de su interior todo su esplendor. Un fruto que ha sabido protegerse de los picotazos de las aves, pájaros de mal agüero que han querido en algún momento aprovecharse de dulce néctar de la felicidad cocinada a fuego lento. O de los azotes secos y violentos del granizo, de la blanda y persistente caída de la nieve o del repiqueteo incesante de la lluvia mortecina. Porque nada ha conseguido ablandar su carácter ni su espíritu.

Y es en esta tierra serena, campo fértil del alma, donde los frutos, dentro del Molino, bajo la serena rueda de la amistad, se entregan al regalo de la vida. Es aquí donde, como desde siempre, el Molino exprime los frutos de nuestras almas y saca el jugo de nuestros corazones. Es la mano sabia que logra transformar una aceituna en oro líquido, extrayendo su interior: su alma, su esencia en estado puro; sin adornos pueriles ni accesorios. Porque no hay dinero ni adorno, por caro o barato, que pueda equipararse al oro líquido de la aceituna. Ni tampoco le hace falta a la aceituna de buscar más aditamentos que la compañía verdadera de sus semejantes verdaderos, de sus verdaderos “amigos”. Y porque el aceite, en su majestuosidad sublime, en su esencia áurea, es capaz de flotar tranquilamente sobre lo vanal e inaccesorio del día a día, perdurando en nuestros paladares su esencia… y en nuestros corazones.

“El Molino” nos cambió, porque nos hizo darnos cuenta de con cuán poco es posible cuánta felicidad: de qué fácil es exprimirse uno mismo para sacar lo mejor de nosotros y saborear la vida despacito, al sombrear de la higuera que flanquea el arroyo que discurre ajeno a nuestras alegrías, llevándose el humo de unas buenas brasas hechas sin prisa…